EL CAJÚN.

Muy cerca del suelo el olor se hace hermoso: tierra roja húmeda a medio cubrir por fina hierba, verde y ocre, tumbada, cansada por el pasar de carros, pies y pezuñas. Savia entumecida mezclada con agua de nubes y arena limpia.
Cajún acaricia suavemente el barro, agarrando el camino para pintar con desesperación su cara, cabellos y espalda.
Colina arriba, donde se pierde el sendero, está el lugar donde el mismo va a desaparecer. Adentro, muy adentro del bosque.
Y allá, sobre esa roca pulida y cubierta de musgo, salta, al tiempo que desgarra los andrajos que lo cubren y aúlla con fuerza, mirando el pueblo de techos de piedra que queda abajo. Aúlla para demostrarles a todos que tenían razón, que el desgraciado Cajún no es un hombre, ni tan siquiera un animal, sino algo más y algo menos, algo diferente que nadie pudo ni quiso comprender.
El ser que es Cajún grita y se retuerce entre miedo, desolación y rabia, jurando una especie de venganza que no entiende.
Su mente, siempre nublada, nunca supo qué lo unía al animal y lo diferenciaba de los hombres. Siempre lento para comprender, pronto comenzó a recibir palizas, sobre todo por los más jóvenes, destrozando su ya deformado cuerpo. Así suponían que se haría mas listo.
Cajún deja de babear su ira cuando descubre el frágil hongo que sobresale apenas de la grieta entre el acolchado musgo, se acerca y con cuidado lo palpa y lo olisquea con un estremecimiento de placer, sus dedos rozan levemente los líquenes verde oscuro de la piedra, humedece sus dedos con el hilillo de agua que se derrama cristalina por los surcos de la pared. Se sienta en cuclillas absorto en el caminar de un pequeño insecto y, como enamorado de todo aquello se olvida por un instante de las piedras lanzadas por todos, allá abajo.
Criado por nadie y odiado por todos creció como perro vagabundo entre rastrojos y desechos, con la misericordia de algunos ancianos y la compañía de los animales. Cajún consiguió sobrevivir.
Cuentan que, al verlo nacer, los que asistieron al parto decidieron dejarlo a solas con su madre muerta. Nadie quiso saber de dónde salía un ser como aquel, ni lo que hizo aquella mujer para merecerlo.
Lo dejaron a merced de Dios pues solo Él sabría qué hacer. Y efectivamente lo supo: con tierno amor filial e instinto animal Cajún se alimentó de la carne que lo rodeaba. Nació fuerte, robusto y deformado, suficientemente grande para gatear después de devorar los restos y los gusanos que envolvían el cadáver de su madre.
Nadie se preguntó cómo logró vivir los primeros días de su vida, completamente solo en la barraca, al fondo del bosque, con un cuerpo descompuesto y las ratas acosándolo. Pero así fue y así se lo encontró el viejo Quintana, desnutrido pero vivo.
No era listo, pero encontraba las mejores trufas del encinar, olía al lobo desde kilómetros de distancia y, mientras estuvo con el viejo todo fue bien; se ayudaban e incluso puede que se quisieran un poco, pero al viejo loco lo mataron pronto; Lo acusaron de la violación y asesinato de una cría en una villa cercana. Cajún sabía que no había sido él.
Aprendió lo suficiente para vivir de los hombres. Buscaba en la basura o pedía en los pueblos. Entre insultos y pedradas de los más jóvenes y misericordias de los más ancianos su cuerpo fue creciendo, desarrollándose más el animal que era que el hombre que pudo ser.
Pasaba cada vez más tiempo perdido en los bosques envuelto en olores que solo él podía distinguir, jugando con algún pequeño animal o degustando sabrosas bayas, pero por alguna razón necesitaba volver con los hombres para ver si esta vez lo trataban de otra forma, como a uno de ellos, deseaba un calor humano que solo podía suponer que existía. Su parte menos animal deseaba ese contacto siempre negado.
Encontraba la paz en conversaciones con las truchas o en caricias a lo árboles. Curiosamente le gustaba el olor a leche que llevaban sus grandes enemigos, los niños. Soñaba con caricias mezcladas con palizas. Y no desistió en sus encuentros con los hombres.
Mitad admiración, mitad desolación, el hombre era para Cajún un misterio al que deseaba pertenecer.
Pero eso se acabó, todo tiene un final. No sufriría más torturas.
Había descubierto algo bello y terrible hacía apenas unas horas en el granero, donde dormitaba escondido del grupo de críos que sin motivo siempre buscaban herirlo. Allí, el mayor de todos ellos, después de golpearlo, quiso prender fuego al granero a sabiendas del terror que eso provocaba en Cajún. Esto desquició a la pobre criatura y a ciegas se lanzó al cuello del muchacho, descubriendo, o quizás recordando, el dulce sabor de la sangre. Como poseído devoró al joven en pocos minutos.
Su cabeza era un torbellino, se descubría a sí mismo como un asesino sangriento, sin remordimiento alguno, solo con la satisfacción del estómago lleno y la tranquilidad de haberse quitado a alguien molesto de encima.
Ahora mira desde arriba el pequeño poblado y se jura el cambio que hace tiempo bulle en su cabeza: se irá de allí hacía la montaña o a lo más profundo de los bosques a vivir de raíces y pequeños animales que sabe bien cómo cazar, de insectos o peces que sabe bien cómo pescar.
Pero volverá de vez en cuando en silencio, aparecerá por la madrugada o en las noches cerradas, por los caminos desiertos o por las ventanas abiertas, para llevarse consigo a uno de esos seres perfectos, de carne lechosa, dulce y tierna y que tanto daño le han hecho: los niños.
Para demostrarles a todos cuánta razón tuvieron al tratarlo como a un animal.

 

Texto realizado como encargo para un corto de animación en 2005. Corto sin realizar.

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